DOLPHIN EMBASSY

El fenómeno del paralelo 30 sigue siendo un enigma.

Parece imposible explicar con una simple coincidencia o con la unidad de los pueblos de la zona, que por cierto, tenían culturas muy dispares, el hecho de que toda una serie de importantísimos centros espirituales y culturales de la Humanidad esté situada en el mismo paralelo, el 30. Lo que nos queda por suponer es que en un pasado muy remoto cayeron bajo la influencia de un grupo o varios grupos de personas unidos por algún vínculo fundamental y “externo” con respecto a los habitantes autóctonos del paralelo.

 

Los recuerdos sobre unos “seres semidivinos” venidos de ultramar se guardan en las obras épicas, los mitos y las leyendas de numerosos pueblos esparcidos por el paralelo 30. Están entre ellos Egipto, Sumeria, la India y China. Eran llamados en muchos países los Siete Sabios, conocidos como Abgallu en Sumeria, Saptarshí en la India, etc. Enseñaban a la gente ciencias y artes, ascendieron a consejeros de soberanos, fueron arquitectos, curanderos y astrónomos, llegaron a formar la élite de los sacerdotes y nunca dejaron de velar por la armonía. Persisten en los siglos las historias sobre sus capacidades y sus posibilidades que se les antojaban milagrosas a la gente de a pie. Aseguran los mitos que aquellas personas mantenían contacto directo con los “grandes peces”, con toda seguridad, las ballenas y los delfines y los veían como sus maestros y sus salvadores.

Da la sensación de que las distintas civilizaciones que lo único que tenían en común era su situación geográfica en el paralelo 30, contaban con los mismos mentores que respetaban sus culturas autóctonas y las completaban con el conocimiento universal. Hablando con la lengua moderna, podríamos decir que estaban seguros de la existencia de un campo de conciencia global y de la necesidad vital de mantenerlo. De alguna manera ya conocían aquello que representa objeto de los descubrimientos científicos más recientes: la conciencia coherente de un gran número de personas no sólo es capaz de interaccionar con la realidad factible, sino de garantizar la elección consciente entre las alternativas del futuro. Era, sin lugar a dudas, su mayor preocupación.

 

¿Quiénes eran ellos y de dónde habían venido?

Los astrónomos de Sumeria destacaban en el mapa estelar un punto de partida bautizado como el Camino del padre de los dioses. Estaba situado en el paralelo 30.

Todas las ciudades sagradas de las antiguas civilizaciones cumplían el papel de observatorios que facilitaban los datos necesarios para calcular los ciclos del calendario, los fenómenos naturales, los períodos agrícolas y las fiestas religiosas. Además eran fuente de información necesaria para los navegantes. Si suponemos que todas aquellas ciudades fueron fundadas por unos “forasteros”, portadores del conocimiento, también astronómico, hemos de llegar a la conclusión de que no sólo sabían YA observar, sino que contaban con una tradición de la observación. En otras palabras, en aquel sitio del que venían, el cielo se les aparecía igual, como eran iguales las tablas de astronomía, de modo que introducir cambio alguno habría supuesto un proceso muy trabajoso e innecesario. Ésta podría ser la explicación de un trayecto tan lineal de su viaje de circunnavegación.

 

De modo que su punto de partida habría sido el centro de civilización más antiguo de la Humanidad situado en el paralelo 30, latitud de las islas volcánicas y de los picos del Tíbet, sitio donde algunos estudiosos románticos buscaron la Atlántida y Shambhala... Bien se vieron obligados a abandonar aquel lugar, debido a un desastre natural, de acuerdo con la mayoría de los mitos, el Diluvio Universal, bien fueron enviados de buena o mala gana desde aquel paraje en todas las direcciones en calidad de una Embajada Nómada, portadora de un conocimiento universal sobre la naturaleza del mundo y del hombre.

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